Sobre Pulgarcito (Humano, nunca demasiado humano)

Luego de quitarle las botas de siete leguas al ogro, y robar mediante engaños a la esposa de éste, que los había acogido en su casa, Pulgarcito se sentó en una piedra a pensar. Sus hermanos seguían pasmados por el baño de sangre ocurrido por la mañana en casa del devorador de niños. Pensó durante un rato si era toda su culpa que el ogro hubiese degollado a sus propias hijas por haber cambiado sus coronas de oro por los sombreros de él y sus hermanos. Las manos le temblaban, pero se sentía extrañamente fuerte.
Todo esto era culpa de sus padres. Ésos cabrones. No conformes con haberlos perdido en el bosque para que murieran de hambre fuera de su vista (y los había oído decirlo) una vez, lo habían hecho de nuevo, y ahora no hubo rastro de migas para volver a casa. Con sus hermanos asidos a las botas mágicas, comenzó la marcha para salir del bosque. Si la primera vez sus hermanos habían decidido perdonar a sus padres, y olvidar el asunto, él se encargaría de que la falta de coraje de sus allgados otrora burlones y estúpidos no tuviese cabida de ahora en delante.
Se le hizo un nudo en la garganta cuando pensó en la esposa del ogro. Ella que los acogió en su casa, los alimentó y salvó sus vidas la noche anterior, ahora estaba sola, arruinada y con la urgencia de enterrar a sus siete hijas con sus propias manos. Quizás el ogro, a su regreso, la mataría salvajemente al descubrir que le había entregado a él, Pulgarcito, embustero, todas sus posesiones de valor. Esa fue la única culpa (lo sabría después) que lo persiguió hasta su vejez.
Dando pasos de siete leguas salió del bosque con facilidad. Veloz recorrió las villas aledañas, hasta llegar a la suya. Pensaba en lo que haría con el dinero. Sus hermanos eran unos buenos para nada, así que no dejaría en sus manos ni un céntimo. Por un segundo se arrepintió de no haberlos dejado con el ogro. Sintió sobre él unos ojos ajenos y pesados. Uno de los hermanos que viajaban arrastrados a sus pies, el mayor, lo veía como con miedo, y luego bajaba los ojos hasta su cinturón, donde resplandecía el cuchillo que también había robado al gigante dormido, embadurnado de la sangre de las siete desgraciadas. Pulgarcito sólo le dirigio una mueca de desprecio. El hermano bajó la mirada. Lloraba.
Entonces llegó a la puerta de su casa. Los hermanos se levantaron, empolvados y ensangrentados por el atropellado viaje, y ninguno se atrevió a pronunciar palabra. Dos de ellos gemían discretamente. Otro se sobaba una rodilla con fruición; sangraba. Pulgarcito avanzó despacio, con pasos cortos, haciendo sonar las botas pausadamente. El olor a vino y cordero guisado que se percibía desde afuera le produjo una rabia que le hizo contener el aliento por varios segundos. Abrió la puerta de par en par en un solo movimiento. Sus padres, que estaban sentados en la mesa, dieron un pequeño brinco, casi ratonil. Aunque Pulgarcito pudo captar en ellos un estremecimiento helado, y olía sus quijadas tiesas, no se movieron. Parecía que hubieran visto un ogro.

